Desayuno solitario
Me levanto muy temprano. A veces, los días se van en sesiones largas de desayuno en solitario, leyendo, pintando, bordando, lijando, lavando, secando. Me gusta abrir las ventanas, mirar hacia la calle y recordar por qué terminé prefiriendo la soledad de mi mesa y el refugio en el vapor de la cafetera. Allá afuera, en las esquinas donde el neón parpadea sin clemencia, me encontré con el tiempo desperdiciado entre botellas compartidas con cualquiera y risas fingidas que se disipan con la resaca del amanecer. Cambié las pistas, los datos y la euforia artificial por la inteligencia, por el pulso firme de mis mañanas: el rigor en la disciplina, la comprensión de la situación, los trazos en el papel, el bordado paciente y el silencio en mi procesamiento.
Sin embargo, la estática de la calle siempre encuentra la rendija perfecta por debajo de la puerta. Uno cree que blindarse de noche es tan sencillo como correr la cortina, pero la ciudad te habita por dentro. A veces, en medio de la quietud de una mañana cualquiera, reaparecen los fantasmas, las locuras, los delirios, las obsesiones, las pasiones que se estrellaron contra la urgencia del asfalto.
Es la forma en que la memoria me recuerda que sobreviví al ruido, a las malas rachas y a la tentación constante de sumarme al rebaño de los afanados. Aquí, sentado frente a mi propio reflejo en la taza vacía, entiendo que la verdadera disciplina no consiste en aguantar el hambre del mundo, sino en tener el valor de desayunar en paz, desplazando todo guiño de obsolescencia programada.



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