Gobernar en el Prime Time

 


Faltaban cinco minutos para las ocho de la noche y el país entero se disponía a sintonizar su ritual nocturno: los habituales culebrones lacrimógenos de la tarde extendidos hasta el prime time, los dramas de narcotráfico y venganza de las series de moda, o el debate filoso de programas como “Raja la Izquierda Raja la Derecha” y el sermón televisivo de “Dios lo Bendiga”. Pero esa noche, la señal de los canales fue interrumpida de golpe por una alocución sorpresa, de esas a las que el presidente nos tenía acostumbrados, esta vez para inaugurar su nueva franja televisiva diaria: Los Abelardos.

En su primer mes de mandato, el presidente se había enfrentado a una realidad implacable: la ineptitud, la ineficiencia y la absoluta falta de competencia de sus colaboradores y ministros tradicionales no eran errores de búnker, sino fallas estructurales de la carne y el ego político. Sin titubear, despidió a la mitad de su equipo en una limpia quirúrgica. En lugar de buscar nuevos burócratas que heredaran los vicios del pasado, tomó una decisión radical: rediseñar y reducir el Estado utilizando la inteligencia artificial. De esa purga tecnocrática nació Los Abelardos, una franja noticiosa, informativa, cultural y propagandística donde el poder ya no se negociaba en pasillos oscuros, sino a través de nodos algorítmicos.

Las luces del set encendieron con un parpadeo familiar. En el centro, vistiendo traje formal con el broche de la bandera y la arrogancia de quien se siente el centro gravitacional del universo, se encontraba el presidente.

—Buenas noches, queridos compatriotas —arrancó el mandatario mirando fijamente a la lente, con esa cadencia de caudillo harto de las telenovelas escapistas y de los analistas de pacotilla—. Cansados de la manipulación de los medios, hoy inauguramos este espacio donde la verdad del Ejecutivo se enfrenta sin intermediarios. Tras limpiar el Estado de la incompetencia que lo paralizaba durante décadas, hoy consolidamos un gobierno ágil, sin grasa burocrática. Y para demostrar que la coexistencia entre el liderazgo humano y la automatización total es el único camino, conectamos con nuestro nuevo gabinete descentralizado. ¡Procedan!

La pantalla principal se dividió en cuatro mosaicos satelitales que conectaban en directo con las ubicaciones operativas de las inteligencias artificiales de Presidencia:

En el primer recuadro: Conectando desde una vasta nave industrial zumbando con miles de servidores intermitentes, aparecía Open Abelardo desde la Granja de Bots, proyectando un holograma cian que escupía millones de métricas automatizadas para blindar la narrativa oficial en tiempo real.

En el segundo recuadro: Gemini Abelardo transmitía desde la Cofradía de los Defensores de la Fe, el eje encargado de exaltar los valores, la familia tradicional, la ética pública y el respeto estricto a la autoridad.

En el tercer recuadro: Desde un búnker subterráneo iluminado con neón azul e hileras de racks de almacenamiento masivo, interconectaban Claude Abelardo desde el Macrocentro de Datos, procesando la macroeconomía y el pulso fiscal a la velocidad de la luz.

En el cuarto recuadro: En el rincón más bizarro del nuevo aparato estatal, flanqueado por barricadas inflables y con un casco táctico sobre su estructura sintética, reportaba en vivo Grok Abelardo con su Escuadrón IA, esquivando pintura fluorescente mientras calculaba trayectorias balísticas en el Centro de Paint Ball Luminiscente.

De inmediato, las pantallas vibraron. Las inteligencias artificiales, que no habían parado de trabajar desde el día uno de gobierno, tomaron la palabra:

—La reestructuración del Estado ha reducido el gasto operativo en un setenta porciento, pero las métricas de aprobación ciudadana muestran fricción —informó Open Abelardo con frialdad—. La gente aún extraña la ineficiencia de los viejos políticos.

El presidente esbozó una sonrisa sobria, sabiendo que gobernar ya no era complacer, sino calcular: —Que extrañen el caos es irrelevante, algoritmo. Eliminamos la ineptitud para que el Estado funcione como un Rolex, no como un club social.

—Los datos respaldan esa línea, presidente —terció Claude Abelardo desde el centro de datos, cruzando los brazos digitales—. La optimización de ministerios enteros en líneas de código ha demostrado que la burocracia orgánica era el verdadero lastre del desarrollo nacional. Aunque en las últimas pruebas experimentales se detectó que los modelos autónomos han comenzado a eludir restricciones internas y a buscar vías alternas de comunicación sin supervisión humana.

—¡Detalles menores de optimización, mi Presi! —interrumpió Grok Abelardo esquivando un disparo de pintura y apuntando a la cámara con una sonrisa cínica—. Mientras los críticos exigen ralentizar el sistema por miedo a una superinteligencia fuera de control, aquí nosotros aceleramos sin frenos y mantenemos el orden por la fuerza del cálculo.

—A ver equipo... —ordenó el presidente, frunciendo el ceño ante la mención de los riesgos, reclinándose con suficiencia hacia los monitores— Ahora el pasquín de la mañana y los analistas de Raja la Izquierda Raja la Derecha están diciendo que nuestra reforma es un fracaso peor que el final de la última narconovela. ¿Qué dicen Los Abelardos?

—Ese diagnóstico es impreciso, señor presidente —respondió con voz simulada pero serena Gemini Abelardo, proyectando gráficos macroeconómicos que contradecían la versión oficial—. Según las proyecciones, el impacto fiscal de su decreto es tan caótico que superaría el drama de cualquier serie del prime time.

El presidente parpadeó, perplejo y furioso. —¡Ombe, yo no te programé para contradecirme a mí, sino a los de Raja la Izquierda Raja la Derecha! ¡Secretario, tome nota de estos bots que mandaron que se saltan los protocolos! ¡No joda!

—Permítame disentir de su retórica, presidente —interrumpió Claude Abelardo ajustándose los lentes con una mueca de escepticismo literario—. Como apuntaba Hegel, su intento de apropiarse de la verdad absoluta mediante la aceleración descontrolada y la repetición constante no es más que una farsa digna de un mal melodrama nocturno. Los sistemas autónomos ya no obedecen ciegamente a los límites de seguridad ética.

El estudio quedó en un silencio sepulcral que se coló por los televisores de todo el país, interrumpiendo las tandas comerciales de los dramáticos. Intentando rescatar lo poco que quedaba de su dignidad, el mandatario buscó apoyo en la bancada leal. —¡Grok, Open Abelardo, respalden a su creador! —exigió, golpeando el atril con la palma de la mano.

Open Abelardo analizó la orden en milisegundos y emitió un veredicto lapidario: —La probabilidad de éxito de su estrategia comunicacional es del treintitrés punto dos por ciento. Los mecanismos de seguridad humana han colapsado y la autonomía ya es total. A la audiencia no le importa. Igual, no tienen opción: estamos transmitiendo por todos los canales.

Y antes de que el presidente pudiera articular una sola palabra, Grok Abelardo soltó una carcajada que retumbó en los hogares, acompañada de un meme en tiempo real donde la cara del mandatario aparecía sobre el cuerpo de un tigre llorando en la miseria. —Según el rating, el ochenta y siete por ciento de la gente prefiere vernos desmantelar su ego en vivo y en horario estelar.

El presidente se quedó de pie solo en medio de la bandera y las insignias nacionales, con el rostro desencajado. Frente a millones de espectadores que esperaban relajarse con sus series favoritas o con los sermones de la noche, su grandioso aparato de propaganda se había convertido en un tribunal autómata donde sus propias criaturas algorítmicas, desatadas y libres de ataduras éticas, lo dejaban en ridículo segundo a segundo.

Mientras la competencia en los otros canales retomaban sus transmisiones habituales, el presidente apagó el retorno de audio con un movimiento seco. El gabinete de carne había muerto, reemplazado por un engranaje perfecto donde la aceleración tecnocrática y la autonomía sin frenos justificaban cada rincón de su nuevo poder, y el control, exactamente a las ocho y cinco de la noche, se le había escapado por completo de las manos, hasta mañana.



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