Atlas de las Cosas (I): El caudal, el espejo y la deriva


El caudal no solo se lleva la tierra; se traga la sintaxis entera de una vida.

A medida que descendía por las calles, me encontré con los pedazos de vidas ajenas atascados en las raíces de los árboles y en las orillas de piedra: las puertas amarillas de un armario, neveras que ya no congelaban, colchones que no rebotaban. Objetos que perdieron su peso y su función, flotando aguas abajo hacia el río, hacia el mar, hacia el océano. Libres. Las cosas fundaban nuevos continentes de una nueva geografía estéril.

El agua y la tierra no destruyen los objetos para borrarlos; los desplazan para recordarnos que acumular memorias o pertenencias nostálgicas es retener basura en un sistema que siempre termina por limpiar la mesa. Las cosas nunca van a regresar, ahora le pertenecen al curso del agua, dándose su lugar, creando nuevos lugares, inalcanzables e indiferentes a nuestra propia nostalgia.

Me convertí en un caminante de la deriva, un rastreador de escombros aguas abajo. Por un momento quise saber hacia dónde viajaba la biblioteca inundada, las fotos descoloridas y el pocillo con el que tomaba el café todas las mañanas en esas aguas café, densas, caudalosas, llenas de energía. Hasta abajo.

Entre el lodo seco y las tejas desgastadas, me encontré parado sobre un gran espejo. Como era arriba, era abajo. En su superficie turbia y salpicada de cieno, lo primero que se reflejó no fue mi rostro, sino el cielo plomizo y la línea caótica de los cables colgantes de la cuadra. Al darme cuenta de que estaba parado allí, comencé a dibujar el mapa directamente sobre el cristal. Al acercarme para limpiarlo, entendí que el espejo no devolvía una imagen nítida; fragmentaba el paisaje deformado, como si la misma catástrofe urbana hubiera querido ensayar un autorretrato.

Empecé a registrar metódicamente los hallazgos en el espejo, bautizando cada nodo que identificaba como si fueran provincias de un país efímero: Menaje Hundido, Bahía Juguetes, Delta de los Espejos Brillantes.

Cada objeto anotado en mi bitácora era una coordenada del olvido, un punto ciego en medio de la catástrofe climática donde la naturaleza nos devolvía, ordenado en montañas de lodo y barro, todo aquello que un día creímos poseer para siempre. Fue así que me obsesioné con rastrear las diferentes rutas del Atlas de las Cosas.

Siguiendo el curso del agua, la bitácora se fue llenando de nombres cada vez más desoladores: Monte Cables Mudos, Valle Plastieternos. El caudal, que había comenzado como una zanja furiosa de lodo y escombros, se abría paso hacia las llanuras hasta convertirse en una arteria marrón y pesada que vomitaba su carga en el mar.

Llegué a la desembocadura destrozado. Esperaba encontrar una muralla impenetrable de electrodomésticos y techos desplazados. En su lugar, lo que había era un gigantesco delta de espuma gris y arena muerta.

El océano no guarda luto ni acumula memoria. A las olas no les importa si una nevera congelaba ilusiones o si un armario guardaba la ropa de toda una vida. El agua lo pule todo, lo reduce a polvo, lo vuelve indistinguible. Ser un cartógrafo ahora es absurdo: intentar ponerle nombres y coordenadas a lo que el mundo ya decidió borrar. Eran partículas en suspensión, anónimas y libres de toda carga nostálgica.

El cambio climático alteró el punto de referencia después de haberse llevado las casas, de haber cambiado el escenario hacia un nuevo mar que llega por túneles, tumbando puentes. Ayer era un caminante a la deriva; ahora soy un cartógrafo del olvido. Desde hace unos años, el desplazamiento natural ha provocado que existan continentes enteros de ropa; con las guerras, el caudal ha construido continentes de neveras, lavadoras, colchones y cobijas. Hasta ahora, conocemos muy poco sobre estos nuevos territorios de la pérdida.

Así que me senté en la orilla, con la libreta llena de nombres en las manos y el ruido sordo de las olas reventando contra los acantilados de escombros y los espolones de cemento. ¿Cómo comienzo a construir este mapa? Solo quedaba el silencio y una inmensidad exuberante de lodo, un nuevo planeta.

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