Amigos cojos y otras especies mudas
El tiempo se pliega en capas extrañas cuando uno presta atención a lo que repite. Llevo días cazando esas frases que digo sin darme cuenta como reflejos condicionados, frases hechas que demuestran la alarmante predictibilidad de los días. Al mismo tiempo, en el tejado, las tórtolas y torcazas continúan sus rituales de llegada: todas con una pata menos, víctimas mudas de cables o trampas invisibles.
Afuera de la ventana, sobre tejas desgastadas, aterrizan con una precisión torpe. Lo he notado tras semanas de observarlas: todas cargan con la misma mutilación. Lo extraño ocurre cuando me asomo. Se aproximan, estiran el cuello y emiten ese ronroneo denso, una modulación rítmica que imita un cónclave secreto. Me quedo ahí, con el pocillo en la mano, preguntándome ¿de qué diablos están hablando? ¿Qué secretos barajan esos pájaros lisiados que miran con una gravedad incomprensible?
A veces, atrapado en su murmullo, me descubro respondiéndoles en voz alta con las mismas muletillas automáticas que mi boca repite sin permiso. “Obvio”. Es idéntico al desgaste con el que observo mis círculos cercanos. Dediqué mi vida a volar, a buscar lo sublime, pero vivo rodeado de amigos cojos de lealtad y de un entorno familiar que asfixia. Al final, la gran paradoja duele: amé la idea abstracta de la especie, pero la cercanía de mis semejantes me deja la misma náusea silenciosa que el cónclave de las tórtolas; sé que están ahí, sé que traman algo, pero su lenguaje me resulta completamente ajeno. Es hora de ahuecar el ala.
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