La bolsa de bolsas
Ícono popular de la domesticidad, contenedor del mandao de tienda o refugio que guarda en su interior a docenas de otras bolsas para ser reusadas: un objeto tan frágil que se lo lleva el viento, pero al mismo tiempo tan resistente a degradarse, casi inmortal, cargando en su levedad con el peso de nuestras vidas. Más que un simple recipiente, emerge más tarde como un ícono hype de nuestra cultura medioambiental cotidiana, un elemento clave de la economía del cuidado, un recurso infaltable para recoger los regalos de nuestras mascotas, además de un gesto intuitivo de reúso que desafía la lógica del consumo efímero.
Para materializar esta tensión, recurro a los lápices de colores como un acto político de la forma y un ejercicio profundamente meditativo. La elección pausada del soporte y la selección de cada lápiz marcan el inicio de un ritual de la creación. En una era dominada por la inmediatez y la cultura de lo descartable, esta técnica se convierte en un contrapeso radical y contemplativo: un proceso deliberadamente lento que se construye a partir de miles de trazos, tramas pacientes y la superposición de capas coloreadas. Insistir sobre el papel con la punta del lápiz desafía directamente la velocidad con la que la industria fabrica y la sociedad desecha.
Cada pliegue, cada tensión del sintético y cada sombra construyen una trama de volúmenes y quiebres complejos, traduciendo la levedad de este material cotidiano en una memoria fósil.



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